Itotia

Un fotoensayo de Luján Agusti

Payasos devotos de la Virgen, diablos que se mofan de la esclavitud y ancianos con cabezas gigantes de maguey recorren las calles de México cada año para acompañar las fiestas tradicionales que atraviesan el país de sur a norte. Al danzar –lo que en náhuatl se traduce como itotia–, personifican el sincretismo y las muchas capas de tela de la espiritualidad mexicana.

POR Luján Agusti

Marzo 14 2021
Itotia

 

Itotia

 

— Luján, el espíritu de tu mamá visitó nuestra casa –me dijo mi amiga mexicana por el teléfono.

Quien lo presenció fue su tía, que con frecuencia veía y escuchaba a los muertos. Sabiendo que mi madre había fallecido hacía unos siete años, mi amiga me llamó asustada a contarme eso, que el ánima había hecho de su casa el lugar de sus apariciones. Al parecer, su tía pudo describir con exactitud la apariencia física de mi madre. Incluso afirmaba que pudo hablar con ella. Y así, algo que pensaba retratar desde la vereda de enfrente terminó afectando mi propia intimidad.

Por ese tiempo había abandonado mi natal Patagonia para documentar con mi cámara la vida religiosa en México, de sur a norte. Con ese objetivo surgió Salva tu alma, un proyecto en el que registré la fusión entre el catolicismo y las creencias prehispánicas. A lo largo de dicha empresa me encontré con numerosas prácticas y situaciones que parecían exceder mi entendimiento de la vida en el más allá. Salva tu alma se convirtió así en un diario visual donde narraba mi confusión y mi búsqueda de respuestas que tal vez nunca llegarán.

 

Itotia payasos
Con sus trajes coloridos, varias personas danzan y festejan durante el Carnaval de Putla, en Oaxaca.

 

Itotia payasos
Miembros de las cuadrillas de payasos de Coatepec, Veracruz, en México.

 

Una vez terminado aquel proyecto, viajé a Coatepec, Veracruz, donde por casualidad me topé con sus fervorosos payasos. Desde la ventana de mi habitación los escuché pasar un día. En un inicio parecía ser una más de las típicas procesiones religiosas que suceden constantemente en México; esas en que los acólitos van esparciendo por las calles el humo de sus incensarios y las figuras altísimas de cristos y vírgenes avanzan lentamente junto a la muchedumbre. Pero por el barullo que se colaba por la ventana, aquella procesión que iba cruzando el pueblo debía estar menos cerca del solemne transcurrir de un peregrinaje que de la febril efervescencia de un carnaval. Y lo supe del todo cuando me di cuenta de que varios de los marchantes no vestían sotanas, ni tunicelas ni dalmáticas, sino auténticos trajes de payaso.

Sincronizados, bailaban a ritmo de son jarocho. Además de máscaras vestían trajes de telas coloridas, muchas de ellas estampadas con flores, que en Coatepec llaman adecuadamente “telas de payaso”. En México recorrí tiendas enormes llenas de textiles que me deslumbraban y que acá en la Argentina serían imposibles de conseguir. Ya estaba apertrechada para la ocasión: con esos rollos de tela armé espontáneos estudios fotográficos en plena calle para retratar a los danzantes y jugar con el contraste entre su indumentaria y el telón de fondo que había creado. Algunos lucían estampados de la Virgen de Guadalupe, la principal homenajeada por todos los feligreses enmascarados en cada una de estas procesiones que se celebran varias veces al año en Coatepec, como también en la población cercana de Xico. La primera vez que vi esas “cuadrillas”, organizadas por barrios, fluyendo una tras otra, parecían un río iridiscente que anegaba poco a poco al pueblo.

Pronto, los payasos se convirtieron en el punto de partida de una pregunta quizá menos mística y más terrenal: ¿qué otras formas de festividad en México hacen uso del disfraz o la máscara? Fue entonces una exploración gráfica que me llevó a conocer a otros tres grupos de personajes presentes en los carnavales de ese país: los diablos de Cuajinicuilapa, los viejos de Corpus y los tiliches de Putla.

 

Itotia
Disfraces de los viejos de Corpus, elaborados con fibras orgánicas, costales y retazos de tela. Las máscaras de fique completan el ajuar.

 

Itotia

 

Itotia

 

Itotia
Los viejos de Corpus llevan sus trajes ancestrales hechos con el corazón del maguey.

En Cuajinicuilapa, parte de la Costa Chica, al suroccidente del país, conocí la danza de los diablos. Esta tradición surgió de la mano de la comunidad afromexicana que se asentó en la región. Minimizados y humillados por sus amos, los hombres y mujeres esclavizados, traídos de África, empezaron a organizar bailes para abrirle grietas a su opresión. La danza de los diablos se convirtió entonces en una manifestación de rebelión contra los hacendados, quienes no les permitían bailar pues la Iglesia había prohibido que los esclavos danzaran para los santos o para Dios. Por esa razón decidieron danzarle al diablo, cosa que hacen hasta el día de hoy al vestir aquellas máscaras de cuernos y largas barbas que, a su vez, parecen inscribirse en una vieja tradición presente en otros lugares de Latinoamérica que celebran sin tapujos la figura de Satanás, como ocurre con el Son de los Diablos en Perú o el Carnaval del Diablo en Colombia.

Tiempo después me topé con un grupo de hombres con máscaras gigantes hechas de maguey, y los cuerpos envueltos en raíces, que se hacían llamar los “viejos de Corpus”. Los encontré en la zona norte de México, entre las comunidades mazahuas y otomíes. El origen de esa indumentaria viene precisamente de las costumbres de dichos pueblos indígenas, en los cuales el baile de los viejos era una invocación a la lluvia y a la prosperidad. Con la llegada del catolicismo, la tradición anidó en la fiesta del Corpus Christi, lo cual convirtió esta festividad, y a cada uno de sus viejos errantes, en otro brote del marcado sincretismo que existe en México entre lo cristiano y lo pagano.

Finalmente, en Putla, Oaxaca, descubrí la historia de los tiliches. En medio de una hambruna que otrora carcomió al pueblo de cabo a rabo, un grupo de putlecos decidió robarle al terrateniente más importante del lugar uno de sus mejores toros. En vez de amenazar a los ladrones, el terrateniente ofreció una generosa recompensa: una noche de comida y baile a quienes le regresaran su toro. Para no revelar su identidad, los putlecos que habían robado el animal confeccionaron trajes hecho de retazos de tela. Así, ocultos en capas y capas de ropa vieja, se acercaron a la hacienda para devolver el toro. El hacendado ofreció un gran banquete y la fiesta duró varios días, como sigue ocurriendo actualmente. Desde ese momento, los tiliches de Putla se transformaron en monstruos deshilachados que aparecen cada año en el pueblo para democratizar el jolgorio: ricos y pobres, mujeres y hombres, jóvenes y viejos convergen y participan –sin distinción de ningún tipo– en la celebración.

Quizá todos estos atuendos y máscaras son, al fin y al cabo, la manifestación de algo bastante elemental, que no solo es evidente dentro del pueblo mexicano: en el fondo, todos queremos, así sea por un momento, dejar de ser quienes somos. En el anonimato que propicia, en esa evanescencia de la propia identidad, el disfraz puede ser una huida del yo, un alivio ante la pesada carga de ser siempre la misma persona. Otra forma de la invisibilidad, hecha de colores.

 

Itotia diablos

 

Itotia tiliches

 

Itotia tiliches
Durante el Carnaval de Putla, cada quien confecciona su traje y le incorpora su marca personal, bien sea utilizando diferentes tipos de telas o mezclando colores a su antojo.

 

Itotia tiliches
Una danzante tiliche viste un traje hecho con retazos de tela.

 

ACERCA DEL AUTOR


Exploradora de National Geographic. En su trabajo busca retratar la cultura y la identidad latinoamericanas desde los límites de la práctica documental. Pertenece a Ruda Colectiva y a Prime Collective. Vive actualmente en Tierra del Fuego, Argentina.